
Fito Páez dio un concierto gratuito el domingo pasado frente al Monumento a la Bandera, en su ciudad natal. Fue el cierre de una semana intensa en Rosario (incluyó shows en El Círculo, piano solo y presentación de «Novela»). El evento convocó a una multitud estimada por autoridades en alrededor de 300.000 personas (algunos hablan de 280.000 al inicio y cerca de 300 mil al cierre), lo que lo convierte en uno de los recitales más grandes de la historia de la ciudad y un hito personal para él.
En un video que publicó en redes sociales, Fito aparece visiblemente emocionado y reflexivo. Los temas centrales que repite son un agradecimiento profundo a Rosario y a la gente, y habla de cómo el público lo hizo «volver a creer», «volver a querer» y «volver a soñar».
«La semana que vivimos en Rosario fue un hecho trascendental para los que estuvimos allí. La música, las palabras, el canto, la entrega de cada artista, técnicos, directores, etc., provocaron una alquimia que nos hizo bien a todos. Nos revolvió las tripas, brotó la emoción como agua de un cántaro. La gente ─la local y la que arribó de diferentes partes de Argentina y América─ fue la que marcó el pulso de lo que estaba sucediendo allí».
«Tengo malas noticias para la mercadotecnia, los jefes del mundo y sus coach ontológicos: la historia de un lugar, barrio, pueblo, ciudad, continente, no se va a poder borrar con algoritmos ni frases hechas. No todo el mundo vive el atontamiento de la dominación ni quiere dejarse dominar. Y posiblemente no haya que acertar ─como planteaba mi admirado Bifo Berardi unos libros atrás─… éramos muchos, un montón. Todos disfrutando de la cercanía, el encuentro, la disponibilidad para sentirse parte de algo que haga bien, de pertenecer. Gente que necesita comprobar que la alienación de las redes no es la vida real. Aunque separamos que la inunda directa y obscenamente. Sabemos que en este momento no hay estructuras políticas en el mundo que contengan a quienes no queremos vincularnos a través del odio, la discriminación, la violencia y la irracionalidad patológica».
«La semana rosarina fue un acontecimiento cultural inapelable, surgido espontáneamente en las calles de mi ciudad. No así en sala de ensayo, donde se trabajó incansablemente con tantos artistas maravillosos buscando el matiz correcto o el inasible, o la armonía perfecta, o el volumen adecuado, o lo que sea exija la música».
«Todos los que participamos durante el largo tramo de los ensayos sentíamos, velada, pero a la vez con mucha precisión, ese deseo de resistencia a una época malvada en extremo. Porque el poder financiero maneja y controla el mundo con desprecio por lo esencial al humanismo: las miradas, el abrazo, la compañía, el polvo, las risas, las palabras y la música escritas detrás de la maldita matrix».
«Entonces, toda esta alucinante experiencia ligada al amor, dentro del conmovedor suceso que representa al paso del tiempo, solo nos indica que habrá que ponerse a inventar. Salir de la antigüedad de la maquinaria política de cooptar votos con ideas y marcos anacrónicos. No generar más salvadores, ni madres ni padres de la Patria. Fin de los héroes o ídolos con pies de barro. Nadie resuelve tus problemas. Tampoco las consignas de otra época. Hay que inventar nuevas formas de lucha, de resistencia».
«Aquí estamos, seamos protagonistas. Rosario fue una auténtica prueba de que el mundo sigue vivo y coleando. Solo que en él estamos nosotros, desconcertados y abrumados ante tanta ignorancia, brutalidad, narcisismo y salvajismo de los protagonistas de las esferas del poder. Lo más importante no son las estructuras, lo más importante somos las personas. Gracias, Rosario, por hacerme volver a creer. Ahora, en los días en los que vivimos en peligro».
